Latín eclesiástico

El latín eclesiástico forma parte del denominado latín culto. El latín vulgar, del que apenas se conservan documentos, era el hablado por soldados, mercaderes y funcionarios romanos y se mantuvo bastante uniforme hasta las invasiones bárbaras del siglo V que daría lugar a las lenguas romances.


El latín eclesiástico es el conjunto de las diferentes manifestaciones de la tradición literaria latino-cristiana que encontramos en los textos oficiales de la Iglesia y en los primeros escritores cristianos occidentales y en la que podemos distinguir: latín bíblico, el latín de la Patrística occidental, el de la liturgia romana, el de la Escolástica y el del Derecho Canónico.

Los romanos no fueron los primeros cristianos pero la Iglesia logró riqueza y poder bajo la protección de los emperadores romanos y Roma se convierte en capital de la cristiandad occidental y hoy es sede de la Iglesia Católica.
Durante los primeros siglos de nuestra era, lo único que hace el imperio es promover la nueva religión y mantuvo una enorme influencia en todo el mundo.

Tras la muerte de Alejandro Magno, Roma absorbe a Gracia y Macedonia; vence a Cartago y se adueña del norte de África.

La predicación cristiana fue formándose sobre modelos helenísticos y la poesía cristiana en los antiguos modelos paganos.

Dentro del latín culto, podemos definir varias etapas:
  1. Período arcaico (siglos III-II a. C.). Etapa de formación del latín literario. Autores destacados: Apio Claudio el Ciego, Livio Andrónico, Nevio, Ennio, Plauto, Terencio.
  2. Período clásico (siglos I a. C.-I d. C.). Es la Edad de Oro de las letras latinas. Autores: Cicerón, César, Tito Livio, Virgilio, Horacio, Catulo, Ovidio.
  3. Período postclásico (siglo II d. C.). La literatura latina decae, la lengua se vuelve más barroca, retórica y artificiosa. Autores: Séneca, Marcial, Juvenal y Tácito.
  4. Latín tardío (siglos III-IV d. C.). Los padres de la Iglesia empiezan a preocuparse por escribir un latín más puro y literario, abandonando el latín vulgar de los primeros cristianos. A este período pertenecen: Tertuliano, San Jerónimo y San Agustín.
  5. Latín medieval. El latín literario se refugia en la Iglesia, en la Corte y en la escuela. Mientras, el latín vulgar continúa su evolución a ritmo acelerado. El latín se convirtió en vehículo de comunicación universal de los intelectuales medievales.
  6. Latín renacentista. En el Renacimiento la mirada de los humanistas se vuelve hacia la Antigüedad clásica, y el uso del latín cobró nueva fuerza. Petrarca, Erasmo de Rotterdam, Luis Vives, Antonio de Nebrija y muchos otros escriben sus obras en latín, además de en su propia lengua.
  7. Latín científico. La lengua latina sobrevive en escritores científicos hasta bien entrado el siglo XVIII. Descartes, Newton, Spinoza, Leibniz escribieron algunas de sus obras en latín.
  8. Latín eclesiástico. La lengua oficial de la Iglesia Católica.
En la historia de la literatura latina durante la época imperial constituye un hecho decisivo la penetración del cristianismo a finales del siglo II.

Judíos helenistas y griegos convertidos combatían literariamente sirviéndose de las formas artísticas de los paganos. Los cristianos se dedicaron a los géneros literarios ya usados en la prosa artística latina y ante todo se asimilaron con gran celo los más eficaces recursos lingüísticos de la retórica profana.
Puesto que el cristianismo se había limitado en un principio a los bajos estratos sociales, lo que importaba era ganar más adeptos y hacer a los paganos cultos susceptibles de recibir la noticia cristiana y vencer al mundo pagano con armas literarias. Para ello había que emplear con suma perfección las formas artísticas paganas ya tan perfectas y los recursos todos de la retórica.

Originalmente el pueblo romano hablaba la antigua lengua del Lacio, conocida como “prisca latinitas”.

En el siglo III a.C. Ennius y otros pocos escritores, preparados en la escuela de los griegos, se propusieron enriquecer la lengua con ornamentos griegos. Este intento fue alentado por las clases cultas de Roma, y era, justamente, a estas clases, a las que se dirigían los poetas, oradores, historiadores y cenáculos literarios, desarrollándose así el Latín clásico, que llegó hasta nosotros preservado en su mayor pureza en las obras de Cesar y Cicerón.

Después del siglo III a.C., existieron en Roma, al mismo tiempo, dos lenguas o, mejor dicho, dos idiomas: el de los círculos literarios o helenistas (“sermo urbanus”) y el de los iletrados (“sermo vulgaris”), y cuanto más se desarrolló el primero, más aumentó la brecha entre ambos.

En la primera época predominó la apologética y la propaganda.  Eran tiempos de lucha y de defensa. La masa del pueblo romano, en su rusticidad nativa, permaneció al margen de esta influencia helenizante, y siguió hablando la antigua lengua.

Las exigencias de la vida diaria ponían a los escritores “cultos” en contacto permanente con la población iletrada, por lo que se veían obligados a entender su lenguaje y, al mismo tiempo, hacerse entender; forzosamente, en la conversación tenían que emplear palabras y expresiones que formaban parte de la lengua vulgar. De esta manera surgió un tercer idioma, el “sermo cotidianus”, una mezcolanza de los otros dos idiomas, que varió en la mixtura de sus ingredientes a lo largo de los distintos periodos de la historia y según la inteligencia de quienes lo utilizaron.

En el siglo III se pierde casi por completo la distinción entre prosa y poesía. De la antigua literatura latina nos ha quedado contados restos. La literatura cristiana occidental fue durante varias generaciones griega. La lengua latina fue la usada por el pueblo. La literatura primitiva latina estaba dedicada a polémicas con los gentiles y discusiones con los herejes.
El cambio oficial de lenguas coincide con el momento de darse la paz a la Iglesia (paso del siglo III al siglo IV). En Roma se hablaba el griego pero esta lengua era desconocida en algunos países y lugares de Italia, lo que explica que en esos lugares se hable latín y la liturgia usará el latín.

En el siglo IV se consigue el triunfo del cristianismo, durante el tiempo del Constantino. Se hizo sentir la necesidad de una expresión definitiva y concreta de los dogmas de la nueva religión. Fue este siglo la edad áurea de la antigua literatura latino-cristiana, que alcanza su momento culminante con San Agustín y los teólogos que le siguen quedan oscurecidos por él mientras que los poetas cristianos destacan por el cultivo de las formas. Pierde Roma su rango de metrópoli espiritual. Roma que había tenido el señorío de la literatura pagana, deja paso a Cartago, que ostenta el cetro literario de la cristiana.

La base de todas las manifestaciones literarias fueron: la Biblia, las doctrinas del cristianismo o los problemas cristológicos.
El historiador de literatura latina debe estudiar la evolución de cada escritor.
El Latín eclesiástico difiere del Latín clásico especialmente por la introducción de nuevas expresiones y palabras (en la sintaxis y el método literario, los escritores cristianos no son diferentes a otros escritores contemporáneos). Estas diferencias características se deben al origen y propósito del Latín eclesiástico.

El Latín clásico no duró mucho tiempo en el altísimo nivel al que Cicerón lo había llevado. La aristocracia, que era la única que lo hablaba, fue diezmada por la proscripción y la guerra civil, y las familias que ascendieron en la escala social eran principalmente de origen plebeyo o extranjero, y en ningún caso estaban acostumbradas a las delicadezas de la lengua literaria.

La decadencia del Latín clásico comenzó en la era de Augusto, y fue en aumento a medida que terminaba. El Latín literario, hablado o escrito, comenzó a tomar prestado cada vez más libremente del discurso popular.

Fue en esta misma época, cuando la Iglesia se vio en la necesidad de construir un Latín por sí misma, y es esta la razón por la que su Latín tenía que ser distinto al Latín clásico. El Evangelio tenía que ser difundido a través de la predicación, es decir, por la palabra hablada; y después, los heraldos de las buenas nuevas tenían que construir un lenguaje que llamara la atención no solamente de las clases literarias sino también del pueblo entero. En vista de que buscaban atraer las masas a la nueva Fe, tuvieron que “bajar” a su nivel y emplear un discurso que fuera familiar para sus oyentes.

Hasta mediados del siglo III, la comunidad cristiana de Roma hablaba principalmente el griego. La liturgia se celebraba en griego, y los apologistas y teólogos escribieron en griego hasta la época de San Hipólito.

En África, el griego era la lengua elegida por los clérigos, en principio, pero el Latín era la lengua más familiar para la mayoría de los fieles. Tertuliano escribió algunas de sus primeras obras en griego pero terminó empleando solamente el Latín.

Ya en el año 180 se hace mención en las Actas de los Mártires Silicios de una traducción de los Evangelios y de las Epístolas de San Pablo.


Hemos de destacar la figura de Tertuliano, que justamente se considera el creador de la lengua de la Iglesia.

Nacido en Cartago, estudió leyes, y adquirió una vasta erudición. Se convirtió al cristianismo, fue elevado al sacerdocio, y puso al servicio de la Fe un ardiente celo y una poderosa elocuencia, de lo que dan fe la cantidad y el carácter de sus obras.

Trató los más diversos temas: la apologética, la polémica, el dogma, la disciplina, la exégesis. Tenía que expresar una serie de ideas que la simple fe de las comunidades occidentales todavía no había comprendido. Con su ardiente temperamento, su rigidez doctrinal, y su desdén por los cánones literarios, nunca dudó en utilizar la palabra puntual, la frase del día a día.

De ahí la maravillosa exactitud de su estilo, su incansable vigor y su alto relieve, los enérgicos tonos semejantes a palabras arrojadas impetuosamente: de ahí, sobre todo, la riqueza de expresiones y palabras, muchas de las cuales llegan por primera vez al Latín eclesiástico y quedan allí para siempre (baptisma, carisma, extasis, idolatria, prophetia, mártir, daemonium, allegorizare, Paracletus, ablutio, gratia, sacramentum, saeculum, persecutor, peccator, annunciatio, concupiscentia, christianismus, coeaeternus, compatibilis, trinitas, vivificare, etc.)


Muchas de estas nuevas palabras (más de 850) ya no existen, pero una gran parte todavía se encuentra en el uso eclesiástico. Tampoco es cierto que todas deban su origen a Tertuliano, pero antes de su época no se encuentran en los textos que nos han llegado, y muy a menudo es el mismo Tertuliano quien las ha naturalizado en la terminología cristiana.

San Cipriano, obispo de Cartago, nunca perdió ese respeto por la tradición clásica que había heredado. Conservó la preocupación por el estilo.  

Aparte de su imitación (más bien cautelosa) del vocabulario de Tertuliano, encontramos en sus escritos no más de sesenta palabras nuevas, unos pocos helenismos (apostata, gazophylacium), unas pocas palabras o frases populares (magnolia, mammona), u otras formadas por inflexiones agregadas (apostatare, clarificatio). 

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